Thlopack
Transcurría el año 2020 y realizaba mi travesía favorita: viajar unos 180 kilómetros para dar con mi tatuador, Albert, yo era de una pequeña ciudad en el centro de Chaco, y su estudio estaba en la provincia de Corrientes. Para este encuentro tenía un itinerario que respetaba rigurosamente: alistar los mates, preparar un panm de queso y un frasco de flores de cannabis para compartir. A las 5:00 a.m. tomaba un colectivo hasta Resistencia y caminaba varias cuadras hasta la parada del micro "Chaco - Corrientes", que me dejaba a tres cuadras del lugar. Para llegar a la oficina hay que subir por unas escaleras rudimentarias hasta dar a la izquierda con una puerta de madera estilo victoriana; al ingresar uno se encuentra con un living largo y estrecho, y un sofá negro de dos cuerpos, frente a él hay dos habitaciones cerradas pertenecientes a los tatuadores. Llegué alrededor de las 9:30 a.m., encontré a Albert en plena liturgia, estaba tatuando un búho en el pecho de un joven de cabello rebelde color castaño claro, cejas bien definidas y ojos despiertos. Desplegué mis pertenencias sobre la mesa y rápidamente entablamos conversación con el muchacho cuando avistó mi frasco de flores, era también amante del cannabis así que comenzamos a compartir experiencias de cultivo y de consumo. Por su acento deduje que era español, se lo pregunté y efectivamente, era de Almería, estaba de vacaciones en casa de sus tíos y conoció los mágicos trabajos de Albert por una publicación de Instagram. Charlamos sobrado hasta que terminó su turno y durante todo el tiempo que estuve yo en el mismo proceso, hablamos sobre nuestra estirpe, sobre nuestros hábitos y compartíamos también el gusto por ciertas series de anime. Cuando terminé de tatuarme me despedí de ellos e iba de camino a tomar el colectivo, cuando repentinamente oigo una voz: era Luis, el español. Me invitó a degustar una genética que según él tenía poderes misteriosos. Faltaba un largo rato hasta la hora de tomar el colectivo así que acepté la propuesta, resolvimos caminar hasta la costanera y nos sentamos en un banco de madera con vista al Río Paraná. Sacó de su mochila un frasco con unos cogollos color marrón claro con tonos violáceos, me nombró la genética pero no puedo recordarla, y me contó que se las compró a un sujeto extraño en un barrio hindú durante un viaje que realizó por Holanda; me dijo que cuando fumaba esas flores podía hablar en sueños con su difunto abuelo, de forma lúcida y totalmente seguro de que no era una construcción de su inconsciente. Yo permanecía incrédulo, en cierto punto incluso dudé de su condición mental.
Encendimos el porro mientras charlábamos sobre el final de Evangelion, no pude discernir algún efecto fuera de lo convencional (un leve mareo y ligera aceleración del ritmo cardíaco) y ya era hora de tomar el colectivo de regreso, nos despedimos con un abrazo y me ofreció un cogollo de su frasco, acepté y partí hacia la terminal de ómnibus.
Durante el viaje de regreso tuve un sueño extraño, entré a la biblioteca Andolfi en busca de un tomo de Las Mil y Una Noches y en el mostrador estaba Jorge Luis Borges, quien dijo estarme esperando para asignarme la tarea de componer el final de la inconclusa tragedia "Los Enemigos" de Jaromir Hladík antes de ser ejecutado. Quise indagar acerca de su Historia de la Eternidad y me dijo, paradójicamente, que no había tiempo para ello, desperté, hice a un lado la cortina de la ventana y pude percibir que pasábamos frente a Machagai por la Ruta 16, ya casi llegando a destino. Me preguntaba si esta epifanía tenía algo que ver con los sueños lúcidos mencionados por Luis, aunque lo encontré poco probable. Cuando llegué a mi casa fumé un poco más y pasé algunas horas leyendo a Lovecraft, me acosté alrededor de las 00:30hs; volví a soñar de manera muy clara: caminaba por un bosque y me topé con un hombre moreno de cuerpo atlético, vestido con un taparrabos y una capa de tela rectangular atada sobre el pecho, me dijo que se llamaba Thlopack, y fue agricultor durante el mandato del último Rey Azteca, Moctezuma. Me contó las atrocidades que sufrió su pueblo durante la colonización española y en mi cabeza se proyectaban dichas imágenes como si se tratara de una película (esa mañana desperté llorando), me dijo antes de despedirse que en el pequeño cogollo que me quedaba había una semilla y debía cultivarla, luego de eso espabilé bruscamente. Me levanté para verificar y efectivamente allí estaba, cubierta en un cáliz la semilla, procedí a germinarla y a los tres días brotó la raíz, la trasplanté a un sustrato fértil y esperé atento el pasar de los días y las semanas, ansioso por saber qué me depararían las próximas epifanías oníricas.
Pasados dos meses la planta mostró su sexo: fue macho.
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