Pardes
En el Templo Pashupatinath, durante un viaje por Nepal, se me acercó un viejo de barba blanca tupida con un sombrero cilíndrico color bordó, cargaba una mochila militar verde musgo de gran tamaño con objetos colgantes extraños, se presentó (supongo) pero no pude comprender ya que no hablo nepalés y tampoco encontré un guía traductor; tiró de mi camiseta de la selección argentina de rugby e hizo varios gestos con las manos. Se quitó la mochila, volteó y la abrió, sacó de ella una especie de libro pequeño, era un diario y estaba escrito en español, me lo dio y seguía recitando frases no entendí en absoluto. Seguidamente gira hacia su mochila y me ofrece un frasco de tapa negra cargado de flores de cannabis, miré hacia los lados para asegurarme de que nadie esté observando, mientras el sujeto hacía gestos insinuando que lo tome. Guardé el frasco en mi morral, hice una mueca de agradecimiento y me despedí rápidamente ya que no necesitaba más sorpresas.
Llegué al albergue y analicé los objetos, abrí el frasco y un aroma frutal-dulce muy fuerte invadió la habitación, lo cerré nuevamente. El diario parecía muy viejo pero estaba en buenas condiciones con pequeñas manchas de humedad, decía lo siguiente:
“Soy Gerardo López de Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Estoy en Nepal hace dos meses, vine con dos amigos a conocer las Cordilleras del Himalaya para buscar la variedad landrace, genética de la que procede la Hindu Kush y se usa para rituales místicos. Después de una investigación localizamos nuestro destino a 17 kilómetros de Katmandú y esa tarde subimos la montaña a pie con nuestras mochilas cargadas de suministros para cuatro o cinco días, acampamos durante la noche. La mañana siguiente llegamos a un valle entre tres montañas y pudimos divisar el preciado tesoro: eran unas sativa de casi dos metros de altura, de aroma dulce y frutal. Había una cabaña cerca y golpeamos la puerta. Nos atendió un anciano delgado con un Palpali Topi bordó; Tenía la barba blanca y larga y estaba fumando porro, lo supimos por el aroma que emanaba su casa. Nos invitó a pasar y preguntó qué buscábamos; Seba (el único que medianamente habla nepalí) le comentó nuestra situación. El viejo entró a una habitación y trajo un frasco de tapa negra lleno de flores, nos explicó que se usan de antaño para ingresar en un trance que permite conocer el Pardes como en un sueño. Pasamos una hora fumando y charlando hasta que comenzamos a sentir un extraño vahído, y Birodh, el anciano, dijo que íbamos a tener un sueño, el mismo para todos pero que cada uno tendría una epifanía diferente de acuerdo a la puerta que podamos abrir. Intercambiamos miradas con mis amigos mientras cerrábamos lentamente los ojos. El anciano prendió un incienso y comenzó a cantar mientras entrábamos lentamente en hipnosis.
Aparecí en un bosque muy colorido lleno plantas que nunca había visto, atravesado por un sendero que decidí seguir, caminé entre helechos, palmeras, pinos, abetos, cipreses y enebros. Viajé largo tiempo pero no oscurecía y tampoco había una fuente concreta de luz como el sol, era como si todo el cielo turquesa tuviera luz propia. El bosque al fin terminó y me encontré con un edificio pequeño, era una pieza hexagonal con una puerta en cada cara, había un poste de madera del que colgaba un cartel con una inscripción: *potes solum aperire unum*, y abajo una llave negra con tres agujeros en el cifrado y una cinta azul. Caminé hasta la puerta más cercana y probé la llave pero no abrió, lo mismo con las demás puertas, lo medité durante un momento y decidí trepar al techo, allí había un postigio, giré la llave y se abrió. No veía nada e ingresé de todos modos, me arrojé esperando tocar el fondo pero solo caí, y caí, y caí… A pesar de lo extraño de la situación no desesperé, intuyendo que algo debía acontecer. Noté que no descendía, estaba como flotando en la oscuridad, nada que podía percibir hasta que apareció lejos un punto de luz turquesa, se acercaba lentamente hacia mí, tenía el tamaño de una luciérnaga todo el tiempo encendida, llegó a mi frente y atravesó mis ojos. En mi mente comencé a ver una secuencia de imágenes del principio y el fin de mi vida, una y otra vez, en diferentes ocasiones. Primero fui un organismo unicelular formado en el mar por un sedimento arrastrado por el viento, perecí en las entrañas de un pez. Luego nací en una cueva y morí por indigestión a causa de una carne de cabra montés en mal estado. Después nací en una casa de alero chorreado en el siglo XVIII y morí 24 años después debido a la fiebre amarilla. Cada vez que moría no era un espíritu, un hombre, sino todos los hombres y mujeres a la vez, primero conservaba la figura humana dentro de una esfera de energía en forma de huevo, luego me disipaba en pequeños fragmentos que de a poco se disolvían formando una pequeña luz tenue color turquesa, que lentamente se acercaba a mi cuerpo y atravesaba mis ojos en medio de una oscuridad absoluta.”
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